Quiero algunos buenos amigos que sean tan familiares como la vida misma; amigos con los que no haya necesidad de ser cortés y que me cuenten todas sus dificultades; amigos capaces de citar a Aristóteles y de contar cuentos subidos de color; amigos que sean espiritualmente ricos y que puedan hablar de obscenidades y de filosofía con el mismo candor; amigos que tengan aficiones y opiniones definidas sobre las cosas, que tengan sus creencias y respeten las mías.

martes, 13 de abril de 2010

Por una granizada de limón.


Todos pasamos la vida entre sufrimientos y alegrías. Nadie se libra de sufrir, de diversas formas, varias veces en su vida. Hay que ingeniárselas para sobrellevar los sufrimientos que nos llegan sin perder la alegría de vivir, afortunadamente nuestra naturaleza humana tiene recursos para mantener el tipo a pesar de los pesares.
Como si tuviera poco con la dosis propia que me tocó recibir y padecer adjunta a la primera chispa de vida, tengo la virtud o la desgracia, de ir añadiéndole inconscientemente leña a ese fuego del sufrir con historias paralelas, que en principio, no tendrían por qué afectarme, pero que me afectan.
Anexo al supermercado en el habitualmente hago la compra hay una plazuela pequeña que preside un molino antiguo, restaurado en su día por el ayuntamiento, y alrededor del cual hay varios bancos cubiertos con pérgolas de madera sobre las que cuelgan bugambillas blancas, rojas y violetas. De noche, unas luces azúles incrustadas estratégicamente en el suelo bordeando el molino, muestran una estampa particularmente bonita del lugar. Un rincón con encanto si no fuera porque uno de esos bancos es la "vivienda" de Dustin. Pases a la hora que pases, está ese hombre de origen germánico impertérritamente clavado allí, sobre el banco descansa una manta, varios cartones y, al menos, un tetrabric de vino, es obvio que tiene problemas con el alcohol. Llevo viéndole cada día desde hace más de dos años y durante todo este tiempo he sido incapaz de acostumbrarme a la imagen. Jamás pide, nunca le he visto entablar contacto con ninguno de los transeúntes que atraviesan la plazuela, aunque sé que habla nuestro idioma perfectamente porque en muchas ocasiones le he escuchado hablando solo. Me perturba en las entrañas el contraste tan grande de lo bello de la plazuela y la fealdad de la situación de esta persona. No podía salir cargada del supermercado tan alegremente y pasar a su lado sin que me inundara la tristeza, me invadieran sentimientos de culpabilidad y me abordaran un sin fin de preguntas a las que no encontraba respuesta: ¿Cómo es posible que este hombre viva a la intemperie habiendo un albergue a pocos kilómetros del pueblo? ¿Cuánto tiempo llevará en esta situación? ¿Tendrá familia en su país y estarán enterados del lamentable estado en el que subsiste?...
Me inquietaban muchísimo todas estas cuestiones y sentía imperiosamente el impulso necesario de darle algo de alimento de mi bolsa, pero a la par, instantáneamente sopesaba una posible reacción adversa por su parte, ya que nunca había visto a nadie darle nada y el temor me impedía dar ese paso; así es que me volvía a casa, con un peso extra encima que se iba acrecentando día tras día, semana, tras semana.
Durante uno de mis paseos al muelle deportivo, mientras iba caminando divisé a lo lejos a Sor Luz, la monjita que había dado la catequesis a mi hija algún tiempo atrás, se me iluminaron los ojos como dos luceros ante la espectativa de obtener respuestas con respecto a la situación de este hombre, yo estaba sufriendo y no sabía muy bien por qué. Ella pertenece a la única congregación religiosa que reside en el pueblo y estaba segura de que tenía que saber algo.
Me dijo que se llamaba Dustin, que era alemán y que había llegado a la isla hacía ya una docena de años. Se refirió a él como un hombre pacífico, que había trabajado como camarero en el piano bar del hotel "Tres Islas" durante bastante tiempo, hasta que lo despidieron cuando se hizo intolerable su adicción al alcohol. A partir de ese momento su vida cayó en picado hasta llegar a la situación actual. Sor Luz me dijo que rechaza rotundamente el albergue porque se encuentra alejado de la población y que no necesita pedir porque sus necesidades básicas de alimento están cubiertas por su congregación, a la que acude, más o menos, de forma regular a por comida.
Esa misma tarde y de regreso a casa, pasé intencionadamente por la plazuela, hacía un calor que rajaba las piedras y pensé en refrescarme la boca con una granizada de limón. Dí una ojeada rápida al banco antes de entrar en el establecimiento y allí estaba, medio tumbado, medio sentado, observando en silencio el ajetreo a su alrededor. Compré dos granizadas. Mientras iba sorbiendo el líquido helado de uno de los vasos, orienté mis pasos hasta situarme directamente frente a él, nunca había estado tan cerca, extendí el brazo ofreciéndole el otro vaso, y tras unos segundos, alzó su mano y lo recogió. No intercambiamos una sola palabra, pero su azulísima y penetrante mirada me habló. Volví a casa más contenta que unas maracas, tenía que haberlo hecho antes, me decía a mí misma. Desde entonces, hemos intercambiado muchas miradas en este sentido, yo extiendo mi brazo y él alza su mano. Sigo sufriendo gratuitamente, aunque no de la misma manera, porque soy consciente de que ese lugar es libremente su opción de vida en este momento, sean cuales sean las condiciones o adicciones que lo hayan llevado hasta allí, y yo lo respeto.
Sufrimos y nos hacemos sufrir unos a otros, más de lo que quisiéramos, y en mayor o menor grado, resulta inevitable. Somos seres de deseos, de sueños y aspiraciones crecientes, que en buena parte son inalcanzables. Y esto, que también es inevitable porque pertenece a nuestro modo de ser, tiene su lado bueno porque nos estimula, pero también tiene su lado malo porque nos crea desequilibrios entre lo que quisiéramos ser y lo que somos, entre lo que deseamos y lo que logramos.
La incertidumbre, la inseguridad y algunos miedos nos acechan siempre y producen preocupaciones que nos hacen difícil la relación con los demás y con nosotros mismos.

Tiramisú de limón.


7 comentarios:

mariajesusparadela dijo...

A veces no es necesaria la comida ni la bebida. Basta con mirarse a los ojos y sentirse humanos. Y empatizar.

FRANK RUFFINO dijo...

Fayna:

Agudo relato humano que nos da energía para seguir peregrinando por esta enigmática, pero bella vida.

Abrazos fraternos en Amistad y Poesía verdaderas,

Frank.

Myr dijo...

Lo que es capaz de hacer una limonada de limón....

Lembranza dijo...

Precioso relato, la vida da muchas vueltas hoy estas bien y piensas que a ti nunca te va pasar una cosa así, pero nadie sabe lo que le va a traer el futuro. Un agarimo

Rudy Spillman dijo...

Cautivante tu relato, Fayna. Al punto que refresca el alma y el corazón de cualquiera como seguro lo ha logrado en Dustin. Pero sin necesidad de granizadas.

cruzita dijo...

Hola Fayna.
Tierno relato. La verdad es que nunca sabes lo que puede suceder en esta vida, hoy estás bien y mañana no se sabe. Todos los días se ven vagabundos por la calle, pero ya no nos fiamos de que se nos acerque un extraño pidiendo. Pero siempre hay un alma caritativa, como tu, que se atreve a acercarse y ofrecer algo bueno.
Eres muy buena persona y al igual que yo, no tenemos bastante con nuestros sufrimientos, que nos llevamos tambien los de los demás.
Pero para eso estamos, para ayudarnos mutuamente, al menos ese es mi pensamiento.
Besitos.

Amanda dijo...

hya mucha gente en esas circunstancias lamentablemente. Un detalle precioso por tu parte que quizás no se nos hubiera ocurrido a algunos, quizas por temos mas que por indiferencia.